Conoce mi caso

Sé lo que se pierde por no hacer las cosas bien. He experimentado la frustración de ver caer el patrimonio familiar. Siglos de historia vencidos por los acuerdos verbales, las herencias no resueltas y la imposibilidad de reunir infinidad de intereses y circunstancias. Quizás tu propiedad no atesora siglos de historia, pero es tu propiedad, o la de tu familia y sería una triste pena que se viniera abajo, la okupara el abandono y, encima, tuvieras que seguir pagando tributos o preocupándote de que su deterioro no haga daño a algún vecino.

Pero aquí estás para conocer mi caso. Yo soy Jesús, el de Merce la de la Casanueva. La «Casanueva» era el nombre popular con el que se conocía a la propiedad de mis antepasados. Tenía siglos, pero era «nueva» porque en su día, entre otras novedades, incluía servicio en la propia vivienda y no en el corral o cuadra. También incorporaba una capilla en la propia vivienda y una novedosa escalera en fachada con alero sobre la misma. Muy probablemente, fuese mandada construir por Don Jacobo Melendreras, quien fuera teniente coronel del ejercito español a principios del XIX y que desapareciese en combate frente a los franceses.

La Casanueva, cuando aún estaba en pie

Debía de ser Don Jacobo alguien con buena posición, además de rango militar, porque tenía praderías y montes. Tantos, que mi madre me decía de pequeño que todos los montes que se veían alrededor fueron de la familia. ¿Todos los montes? Si no todos, casi todos. Los montes y la buena posición se la fundió en vida una tataraalgo conocida como la del «meriñaque» que dejó como únicos bienes la Casanueva, unos modestos prados por las proximidades y una hermosa y rica panera de seis pegoyos (típico granero asturiano mayor que el hórreo).

Eso es lo que llegó hasta Vicenta que tuvo seis hijos. Por desgracia, a su fallecimiento no se concretó la herencia, quedando sin repartir formalmente y, aunque los compromisos verbales de los hermanos eran dejárselo a las hermanas, ese compromiso nunca se llegó a formalizar por esas cosas de que los papeles parecen signo de desconfianza y eso en la familia, ya se sabe…

Pasó el tiempo y esos hijos tuvieron a su vez muchos más hijos y estos, nietos y ¡hasta bisnietos! Cuanto más se ampliaba el árbol genealógico, más se intrincaba una posible solución a la propiedad de esa vivienda y tras el desestimiento de uno de los nietos, la casanueva quedó abandonada, sin atender y el tiempo hizo el resto. A día de hoy son más de 36 los intereses a localizar y acordar. Y aunque muy seguramente nadie pusiera problemas, el tiempo necesario y los costes para lograrlo desincentivan a cualquiera que pretenda recuperar el esplendor de aquella construcción tan original en su época que mereció el apelativo de la casanueva y todos sus herederos los de la casanueva.

Mi madre me enumeraba «su» patrimonio y me decía que no me olvidase que yo sería heredero de aquellos prados, casa y panera. Yo le respondía que yo lo que tendría de todo aquello sería un treintaseisavo. Hoy, años después, sólo tengo la obligación de seguir pagando los tributos que puntualmente me pasan por unos bienes que ni poseo, ni disfruto, pero que mi madre se comprometió a seguir pagando porque era el patrimonio de la familia y se pensaba que podrían llegar a manos de sus hijos.